El manzano del siglo XVIII.

Juan Rafael Torres Valdivia nació en 1961 en La Paz, es el propietario de una casa estilo barroco mestizo, ubicada en el 906 de la calle Linares, una de las más antiguas y mejor conservadas de la zona.
Su madre, María Valdivia de Torres, le heredó la casa de la que por “estirpe es dueña desde 1735”. Antes los terrenos abarcaban casi medio manzano, asegura Juan Rafael. Pero con el paso del tiempo se fueron distribuyendo entre los parientes. A él le quedó una gran parte que conserva por tradición de sus padres y su tía.

“Mi mamá y mi tía me contaron que nuestros antepasados hicieron las primeras construcciones acá”, dice el propietario. Su casa tuvo una última refacción en 1801, pasó de tener balcones coloniales, que eran de madera, a otros más sencillos a torno de pedal (existen algunos vestigios de este estilo en la calle Sagárnaga), y finalmente se quedó con los balcones de fierro forjado, como los que tenía la casa temible Mariano Melgarejo (1820 – 1871).

Juan Rafael recuerda que casi todos era parientes, porque la casa de al lado le pertenece al esposo de su prima, el dueño de Ángelo Colonial.

La casa.

Las edificaciones cumplían la labor de tambos, a donde llegaba el recado de las haciendas que estaban en ese entonces en Achacachi o poblaciones a orillas del lago Titicaca. “Por estirpe también hemos tenido propiedades en Suriqui”, agrega Juan Rafael.

Lamenta que la moda y los estilos de la nueva arquitectura destruyan la tradición paceña, “como ocurrió con la construcción del mercado lanza”, señala.

La fachada de su casa está ataviada de artesanías – pues alquila tiendas en la parte exterior – al igual que el pasillo que conduce a los cuartos donde él y su familia habitan. Tiene dos ingresos, el primero es ahora entrada principal, que conserva el piso empedrado por donde ingresaban las mulas que llegaban con carga del área rural; el segundo es por donde entraban las carretas.

Entre los toldos y los objetos coloridos en el pasillo, antes paso de mulas, se pueden observar balcones, puertas y ventanas de madera con figuras religiosas y una mezcla de imágenes de demonios, similares a los que tiene la iglesia de San Francisco, cuyo estilo arquitectónico pertenece al barroco mestizo. Una estatua de madera con la figura de un español es un adorno que no pasa desapercibido. Fue hallado entre los rincones de la casa y ahora cuelga en el pasillo.

Al fondo se encuentra el Museo de la Coca, es un espacio que Juan Rafael alquiló para el desarrollo de la cultura andina, en la puerta se distingue una presa antigua de la hoja milenaria, totalmente de madera, que fue rescatada de una hacienda de los yungas. “Es de hace 200 años, antes la hoja iba a todos lados”.

Desde el ingreso, todo es una reliquia, hay tesoros que el propietario conserva por respeto a sus antepasados. Los recursos de los alquileres le ayudan a solventar parte de los gastos. “Mantener una casa de estas características es muy caro, porque se degrada, se gasta, hasta los adobes secan, son muchos detalles”.

Una de las tiendas, que antes funcionaba como sala principal de la casa, todavía tiene como parte de la decoración algunos objetos antiguos, como una plancha de carbón, maletas con cuero de animales, un reloj de 1932, bancas y otros, el Restaurant 1700.

 

La calle Linares.

La calle Linares, al igual que la Santa Cruz y la Sagárnaga, es una de las más coloridas del centro histórico de la ciudad de La Paz, sede de gobierno del Estado Plurinacional, ya que en sus puertas, ventanas y fachadas luce una infinidad de artesanías de todo tipo de materiales que reflejan lo más típico del país. En el lugar nunca falta alguna prenda de vestir, como los aguayos, bolsas, ponchos, chalinas o guantes que son el deleite de los turistas.

Era una zona conocida popularmente como el ‘barrio de los indios’, porque allí se establecieron los tambos – vocablo en quechua que se refiere a un espacio situado al lado de un camino importante, usado como albergue y centro a de acopio de alimentos –, que concentraban un centro de comercio. Había 17 aproximadamente.

La ubicación de los tambos o posadas se debía a que se encontraban en los caminos que conducían a la ciudad de El Alto, también porque los trajines que implicaba el transporte de mercaderías que se hacía a lomo de llamas y mulas debía estar “fuera de la ciudad urbana”, señalan investigaciones de Rossana Barragán Romano.

Sin embargo, la calle Linares, a la que se llega subiendo desde la iglesia de San Francisco por la Sagárnaga (dos cuadras), también es conocida como la calle de Las Brujas, puesto que allí, como en el pasado, se venden hierbas y plantas medicinales con nombres como el huayruru, koa, huillca, lampaya, pupusa, tikacoa, aluzema, chijchipa, kakea, chachacoma, airampo, wirawira, entre otros.

Las fachadas de las construcciones antiguas son el complemento para el éxito del comercio del lugar, que, además de las tiendas, dieron paso a la apertura de restaurantes, pubs y cafés. Los tambos y posteriores casonas se adaptaron a la modernidad y se convirtieron en atractivos turísticos.